(...)Los viajes de exploración no se realizan para observar paisajes nunca vistos... sino para adquirir ojos nuevos(...)
"Deseo de todo corazón que sean Uds. parte de la historia como las grandes bandas de Rock que hoy admiramos, y que sus canciones se transformen en himnos". Esto fue lo último que me dedicó un fanático con los ojos enlagunados y la voz entrecortada por la emoción, mientras por mi parte trataba con esfuerzo dar a basto con los últimos autógrafos del grupo de personas que literalmente nos siguieron hasta el terminal desde el concierto final para intercambiar sus impresiones y llevarse un recuerdo de aquel día. Con una hamburguesa en una mano y un esfero en la otra, no supe qué decir. Y es que, ¿Qué podría haber dicho frente a semejante locución?
30 ciudades visitadas por casi 3 meses fue el saldo de nuestro viaje. Miles de kilómetros, cientos de hora de viaje. Decenas de rostros, paisajes, curiosidades culinarias, hospedajes, volcanes, desiertos, islas tupidas de ilusiones. Imágenes y realidades que harían profunda mella en cualquier memoria.
Cuando inicié este viaje especulaba encontrar un sendero de respuestas frente las vanguardias políticas y económicas que se debaten por prevalecer en la región, generalidades culturales que propiciaran la autenticidad social y una luz sobre el mejor camino a seguir. La verdad es que ahora asumo más preguntas que respuestas. Se comprobó sin lugar a dudas la paradójica coexistencia de la más increíble diversidad cultural, el más admirable deseo de superación y la más conmovedora lucha vital junto con la más paupérrima injusticia social, la más desequilibrada obtención de poder adquisitivo, y la más infrahumana cantidad de niveles de vida por debajo de todo lo concebible. Si ha de existir una verdad segura, es una: El capitalismo, para nuestra región, no es más que la perpetuación de la pobreza, jamás el lindero hacía el progreso. Nuestra existencia justifica y valida, más aún, da equilibrio a la exenta de todo adjetivo benigno distribución mundial de riquezas. Para que exista tal nivel de opulencia, desarrollo y auge en otras regiones del mundo; deben necesariamente compensarse con la explotación y miseria de otros territorios del planeta. En este caso, la nuestra. Un sistema de perversión despótica.
¿Cuál sería entonces el mejor método? ¿El indigenismo boliviano, el socialismo del siglo XXI de Ecuador y Venezuela? Probablemente tampoco. Aunque transportado al plano educativo y social se archivan enormes logros, los abismales conflictos raciales por la ahora discriminación positiva que acecha a la población civil boliviana y la retórica belicista y anti-imperialista nostálgica soviética propicia el aislamiento conforme del “socialismo en un solo país”, muy lejano de los propósitos integradores que traen consigo la apertura de mercados internacionales y métodos de comunicación modernos. Además, el emplear el odio como enclave principal en la unidad nacional –y de paso olvido de libertades civiles- que tanto propagó el Che, da pie a generaciones de resentimiento y desparrame de esfuerzos bien intencionados pero incorrectamente enfocados. En este sentido, la lucha ciega y desatinada, declaración de guerra sin piedad a todo síntoma norteamericano no sólo les da visos de lobos tras caperucitas rojas, también les extravía de su original propósito y único designio: La dignidad y equidad de los seres humanos. Un socialismo en este sentido únicamente funcionaría decretando un orden mundial, lo cual se resquebrajó irremediablemente con la disolución de los estados socialistas soviéticos. Todo esfuerzo individual en ese sentido queda pues desvirtuado y encajonado al rincón de la utopía, sólo valorado cómo mártir de un ideal pasado, la lucha romántica tan heroica como imposible.
No obstante, Marx no carecía en absoluto de razón al aseverar que todo aspecto de una sociedad -sea político, religioso, cultural, etc.- está determinado por un solo factor: La economía. Aspectos tan relegados para la mera supervivencia como el conocimiento y desarrollo del arte y la ciencia no son precisamente una prioridad en economías con tal nivel de depresión, contextos donde objetivos como forjar el desarrollo de la especie son apenas oficios de hippies modernos y perezosos o aislados personajes estudiosos destinados al desempleo. La religión todo lo domina aquí, y francamente no los culpo: Sin otra posibilidad real para una mejor vida, lo más tentador sería recurrir a una irreal. La sociedad latina agoniza ahogada con su propio humo, el del opio moral que la consume y le evita el dolor de su pobreza.
Llevar al olvido momentáneo tan triste verdad, transformándola en el pandemonio de la euforia colectiva es una oportunidad que jamás olvidaré. Pero así como clamaban por nuestro pronto regreso en cada una de las ciudades donde dejamos rastro, es evidente que este esfuerzo es una minúscula gota en un mar de desolación y desesperanza. El brío artístico se pierde como una inocente letanía frente a la más despiadada de las enfermedades. Un esfuerzo mayor en otros campos es absolutamente requerido con extrema urgencia, y eso es algo sobre lo que tendré que meditar ampliamente en el futuro próximo.
Doy por terminada pues esta cruzada, siendo el cierre de un ciclo y la semilla para una travesía vital mucho más grande. Una que seguramente no carecerá de profusos recorridos por tierras inexploradas: “Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.”
Hasta la próxima oportunidad.

