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domingo, 26 de abril de 2009

Bolivia - La Paz

Al desembarcar en Desaguadero, último bastión peruano fronterizo con Bolivia, el helado tiempo neutraliza practicamente de inmediato. Se debe caminar a paso de pinguino un par de cuadras hasta la fila para migración, y tras unos mates de coca es posible recuperar el color en la piel y la movilidad de las articulaciones para poder apreciar por primera vez el Titicaca en toda su extensión.

Tras haber sido reiteradamente estafados en cada frontera para obtener la respectiva moneda del lugar que visitabamos, los indigenas cambistas bolivianos ni siquiera dieron el menor atisbo de intentarlo. Esto me dejaría una reflexión que pronto confirmaría. 2 horas nos separaban de la Paz, y tras un desayuno tradicional, partimos.

La Paz se levanta sobre intersecciones montañosas marcando su expansión sobre las faldas de las mismas, siendo su interior un constante devenir de subidas y bajadas. Una ciudad falduda, como diría mi padre. El primer enclave cosmopolita que da la bienvenida es un cruce de calles por medio de un paso elevado, en cuyo retorno saluda una enorme representación metálica del "Che". La tradicional hoz y martillo comunistas son tan comunes como los múltiples y variados mensajes de apoyo al presidente, pareciendo un país en constante contienda electoral.

Bolivia tiene en su enorme mayoría población indigena que en nuestro contienente ha sido victima de represión y abuso desde el genocidio español. Con ellos arribaron una serie de perversiones sociales -ademas de enfermedades inusuales- que trataron de corromper sin éxito el muy particular sentido de sociedad y moral que configuraba su vida en comunidad. El costo de esto, en Bolivia, fue la introducción forzosa de una neceidad de progreso occidental, que a simple vista se devela como un elemnto extraño y ajeno a la verdadera identidad regional. Aquí, la felicidad y el avance sociocultural no se puede medir por la altura ni modernidad de los edificios ni centros comerciales.

En este sentido, América Latina debería abogar por un nuevo concepto de progreso en donde impere y surja una voz independiente, no importada y adaptada. La coyuntura geográfica proporciona los recursos y a largo plazo, la dependencia externa suficiente para por fin, poner nuestra propias reglas de juego, y dejar de mendigar por migajas bajo el disfraz del más inocente e inútil altruismo.

En un debate sobre este tema, se me propuso un proceso gradual de creación de conciencia que culminaría en el punto de inflexión que proporcione el nuevo escenario político-económico. "¿Una revolución sin tiros?" - Pregunté. Inmediatamente recordé la escena en Machu Pichu cuando Alberto Granado le hace la misma propuesta a Ernesto Guevara, durante el viaje sudamericano del que hablé en la primer entrada.

La introspección fue interrumpida por los preparativos para nuestro primer concierto en Bolivia. Había llegado nuestra hora.

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