6 AM. Alistábamos nuestro quipaje para abordar nuestro transporte Sucre-Potosí. Luego de una gran presentación en la capital histórica boliviana, nuestro siguiente objetivo debía ser alcanzado con prontitud, amenazado por el paro cívico recién decretado en toda la ciudad. Corrimos como pudimos, corrimos hasta que se interpusieron en nuestro camino tremendas moles de acero que taponaban toda entrada y salida de las calles sucreñas. Ya era demasiado tarde, imposible actuar hasta el levantamiento de la protesta, la cual se había valido de barricadas improvisadas con poderosos caminones y buses atravezados en el asfalto, custodiados por sus conductores imposibles de disuadir.
Los sucreños reclamaban mayor atención del gobierno ante la ciudad que figura como capital del país, a pesar de no poseer los poderes tradicionales del sistema de gobeirno. Decidieron paralizar todo para hacerse sentir.
Y asi quedamos en medio de una problemática que no es nuestra, perdidos en un país que tampoco es el nuestro, y rodeados de kilómetros de locales cerrados y desierto automotor simpatizante. Tras varias horas de interperie, un alma caritativa llegó a nuestro rescate en un taxi renault 4, a sabiendas que tendría que transportar nueve personas incluyendo equipaje e instrumentos en su pequeño interior amoblado. Y esa es la historia de como fuimos realmente el circo, haciéndonos caber en un increíble acto de aplastarnos en ese minúsculo oasis salvador de 5 puertas. Dominados por el sueño que no habiamos aminalado por nuestro casi matutino concierto, entramos al primer hotel que nos llevaron.
El cansancio prevaleció, y cómo cuerpos inertes quedamos en las sonoras camas. Mientras estábamos en los brazos de Morfeo, en uno de los cuartos lograron sustraer el canguro personal de uno de los muchachos, con pasaporte y todo su potencial económico para el resto del tour.
Una vez nos dimos cuenta, la tristeza reinó y todo fué confusión e incertidumbre. A primera vista, esto era el fin de nuestro viaje. Meses de ahorro habían sido arrebatados en escasos 20 minutos de sueño, y nuestras ilusiones destrozadas permaneciendo ausentes junto a ellos.
Tras recorrer los hechos tuvimos nuestra primera sospechosa, una mujer de ascendencia indígena ya mayor que realizaba los enseres de limpieza en el hotel. Más de nada sirvió la odisea de localizar y visitar su hogar, tras evitar y enfrentar lo que antes era ciudad, ahora más bien un paraje post-apocaliptico digno de un holocausto zombie. Finalmente nos resignamos a la pérdida de los documentos y el dinero. Tras haber realizado casi medio camino, el fracaso y la humillación de regresar a Colombia en este punto golpeaba nuestras almas una y otra vez.
Pero no había forma de dar pie a la desesperanza. Sabiamos desde un principio que no sería fácil, y habíamos decidido ponernos a la tarea de enfrentar cualquier tropiezo que pudiera aparecer, por grande que fuera. Así que partimos Juan -la víctima del robo- y yo, armados de valor, al consulado colombiano más cercano, que quedaba a 10 horas de viaje por tierra en la ciudad de Cochabamba, donde ya habíamos tocado. Era nuestra oportunidad para tramitar algún tipo de documento que nos diera esperanzas de continuar. Mientras tanto, los demás muchachos seguirian su ruta a Tarija, último de nuestros conciertos en Bolivia.
Y así fue como partimos cual hobbits aventureros a tierras inhóspitas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario