Qué distintas son Miami y New York. Tan diferentes como el sur y el norte. Tan dispares como las Américas entre sí. Lo inmediato, la cordura, el aliento gris de la urbe magna es un Apolo consumado en batalla con la arena, la locura y el suspiro variopinto del frenético Dioniso. Cuál se muestra mejor no es la cuestión tanto como cuál de aquellos dioses griegos ilumina el destino del viajero inquisitivo. O del nómada indomable.
En Florida, Las playas de South Beach seguramente no serán las más hermosas del planeta, pero suficientemente lejos del bullicio están como para ser posible apreciar de palmo a palmo la cúpula lumínica emanada por la siempre sonriente Miami, y verla desaparecer ante el profundo azul estelar. Es bajo el cobijo de la oscuridad cuando el sosiego retorna hacia la arena, entre el ir y venir de la marea.
En New York y el estado aledaño de Connecticut, las pequeñas poblaciones entre tramo y tramo de la carretera interestatal parecen sacadas de una postal. El frio impasible de -15 grados (el más terrible que he soportado en toda mi vida) y la nieve ubicua tan incómoda para quién la ha transformado en rutina adornan de tal manera los paisajes que hasta la más estrecha calle es una fuente de recursos fotográficos sin par. Y también tiene el Museo Metropolitano, que ya lo mencioné, pero lo vuelvo a mencionar, porque es un resumen de la historia de la humanidad. Así de simple y así de complejo. Viéndolo tan cerca, es evidente que cada humano va escribiendo un destino según su región y su cultura; y son el intercambio de estas últimas quienes otorgan a la raza el don de la diversidad.
Hace mucho he perdido ya la noción del tiempo. Es la gran ventaja de pisar suelos desconocidos, que es uno quién controla el tiempo y no al revés. La sorpresa es un acto habitual, todo se descubre con cada paso nuevo. La rutina es la carencia de rutina.
Viajar debería ser el octavo pecado capital, puesto que es tan placentero como los otros siete.
PD.
Olvidé en la entrada anterior hablar sobre el nivel de ingreso que se obtiene producto del trabajo en Manhattan, dato esencial para realizar un balance final sobre el nivel de vida que se lleva por estos lados.
Vía formspring me hacen caer en cuenta de la omisión y me gustaría realizar un anexo en esta entrada para ocuparme de ese tema: En los Estados Unidos, cada uno de sus estados tiene un salario mínimo diferente, y este no fija una cantidad mensual como en Colombia, sino por cada hora de trabajo. En el estado de New York (Donde se encuentra Manhattan, que es un distrito metropolitano de New York City, algo así como una de las localidades en Bogotá) el salario mínimo por hora es de 7,25 dólares (Unos 14,500 pesos colombianos). Haciendo un cálculo estimado, si una persona trabaja 8 horas diarias, descontando sábados y domingos, ganaría al mes aproximadamente 1160 dólares (unos 2’320,000 pesos colombianos). Bastante más que los 475 dólares aproximadamente que se gana en Argentina (el más alto de América Latina) y astronómicamente superior a los 100 dólares (200,000 pesos colombianos) que se obtiene por el mismo trabajo en Bolivia. Es por eso que para un latinoamericano puede parecer absurdo el nivel de gasto que requiere New York, pero al aumentar exponencialmente el ingreso por las mismas horas de trabajo en teoría se balancea la ecuación. En la práctica esto no es del todo así, y las razones de esta afirmación las dejaré para la entrada final.
Un último dato: El pago mínimo por hora es menor en trabajos del corte de mesero en negocios gastronómicos, puesto que las propinas (que son generosas) estarían destinadas a suplir con el excedente.
viernes, 14 de enero de 2011
sábado, 8 de enero de 2011
Miami y cuanto cuesta vivir en Manhattan.
Hay que cavar profundo para hallar un alma que hable exclusivamente inglés en Miami. Si ya es de por si extraño observar a un gringo del interior en descomunal esfuerzo por entender de qué está hecha una empanada, si que es insólito toparse con un norteamericano garrapeteando el español para recibir algunas monedas de los hispanos en la calle. ¿Acaso es este el mundo al revés?
El espíritu latino ha impregnado la vida a tal nivel que las plazoletas de comidas son unos auténticos santuarios de gastronomía hispanoamericana. El bullicio es descomunal si se compara con los mudos e impávidos pasillos neoyorquinos de alimentación, los acentos de todos los rincones de la América hispana se funden con el estrépito de las ollas y el aceite mientras que las bandas sonoras independientes de cada local amenizan la caminata con una cacofonía muy propia de la mayúscula y extrañada porción de tierra donde nací y crecí. Aquí, los pinos tupidos de nieve son reemplazados por palmeras costeras, y la fiesta desenfrenada tiene lugar en toda su expresión caribeña.
Para ir del estado de New York hasta las playas de Miami hay que recorrer todo el país, en lo que concierne a su longitud de norte a sur. Y para lograrlo sin gastarse 3 o más días de viaje terrestre, hay que enfrentarse de pleno a las medidas de seguridad extremadas tras los ataques al World Trade Center el 11 de Septiembre del 2001.
Como un can tras ser reiteradamente regañado por efectuar una acción en particular, en cuanto vi los controles aeroportuarios supuse que algo malo me tenía que pasar, puesto mi amplia experiencia me certifica como todo un imán para los inconvenientes viajeros. La aerolínea en la que viajaba no era otra que American Airlines, la misma de los ataques, por lo que pensaba que simplemente no tendría más opción que resignarme a relatar algún otro de esos episodios de no creer que sólo me pasan a mí.
Aunque la requisa fue extrema –nueva No. 1 en mi top de requisas extremas- la verdad ni si quiera me percaté. Ni el despojo obligatorio del calzado, ni las tan polémicas máquinas de rayos x de menor intensidad, ni la posterior requisa manual, nada de esto me molestó. Nada me incomodó, porque cada cosa que me hacían no era a mí solamente, ni por mi nacionalidad, ni siquiera por ser extranjero. Mis párpados desaparecieron por completo de sorpresa al ver que la enorme mayoría de los que pasaban por dichos controles eran ellos mismos, norteamericanos de pura cepa nacidos y criados en este país. Gringos de todos los tamaños y colores, de todos los estratos y regiones sometidos a los más estrictos controles de la más avanzada tecnología. Imposible de haber imaginado, los controles en los aeropuertos siguen de la increíble doctrina del “enemigo interno”. Hay mucho que pensar al respecto.
Y bien, antes de continuar con las anécdotas de viaje, me gustaría aportar algunos datos sobre el precio de la vida en Manhattan, puesto que podría ser de utilidad para algunos viajeros, o bien, simplemente satisfacer la curiosidad de enterarse cómo se vive en la llamada “capital del mundo”. Primero, tener un carro es un suicidio. Descontando la gasolina, el parqueo –si se encuentra algún sitio, porque es una misión de dificultad notable- cuesta en promedio 20 dólares la hora –unos 40 mil pesos colombianos- y antes de la recesión llegó a costar 60 dólares la hora –unos 120 mil pesos colombianos-. Tomar un taxi cuesta 3 dólares -6 mil pesos colombianos- tan sólo el “bandezaro” –es decir, el acto de tomarlo como tal- y cobran 40 centavos de dólar -800 pesos colombianos- por minuto o milla recorrida. Esto aumenta a un dólar en festivos y fines de semana. Las atracciones turísticas –como el paseo a la Estatua de la Libertad, la terraza del Rockefeller Center o el Metropolitan Museum of Art- cuestan en promedio 20 dólares por persona–otros 40 mil pesos-, lo cual es quizá más razonable para el beneficio que ofrecen. Un clásico hotdog neoyorquino en un puesto callejero –léase un pan y una salchicha con mostaza y salsa de tomate- cuesta unos 5 dólares -10 mil pesos colombianos- que es lo mismo que cuesta la taza pequeña de café en el popular Starbucks –café colombiano-. Y hablando de productos colombianos, la bolsa estándar de Juan Valdez se consigue por 12 dólares -24 mil pesos colombianos- en “La placita marketplace”, donde también se puede adquirir una pequeña totuma de manjarblanco por 9 dólares -18 mil pesos, aproximadamente-. El arrendamiento es descomunal: Por un apartamento de 3 habitaciones en plena quinta avenida, se puede llegar a pagar entre 12 mil y 20 mil dólares -24 y 40 millones de pesos colombianos al mes-. Estos apartamentos pueden costar varios millones de dólares si se desean adquirir definitivamente, aunque los impuestos mensuales son de varios miles de dólares. Y aún así, los servicios públicos, como el agua, son más baratos que en Bogotá.
Si hay un precio de un artículo en especial que alguien desee saber, con mucho gusto se lo diré. Por lo pronto, es tiempo de un reposo del frio neoyorkino por cortesía de las playas y calles de la soleada Miami.
El espíritu latino ha impregnado la vida a tal nivel que las plazoletas de comidas son unos auténticos santuarios de gastronomía hispanoamericana. El bullicio es descomunal si se compara con los mudos e impávidos pasillos neoyorquinos de alimentación, los acentos de todos los rincones de la América hispana se funden con el estrépito de las ollas y el aceite mientras que las bandas sonoras independientes de cada local amenizan la caminata con una cacofonía muy propia de la mayúscula y extrañada porción de tierra donde nací y crecí. Aquí, los pinos tupidos de nieve son reemplazados por palmeras costeras, y la fiesta desenfrenada tiene lugar en toda su expresión caribeña.
Para ir del estado de New York hasta las playas de Miami hay que recorrer todo el país, en lo que concierne a su longitud de norte a sur. Y para lograrlo sin gastarse 3 o más días de viaje terrestre, hay que enfrentarse de pleno a las medidas de seguridad extremadas tras los ataques al World Trade Center el 11 de Septiembre del 2001.
Como un can tras ser reiteradamente regañado por efectuar una acción en particular, en cuanto vi los controles aeroportuarios supuse que algo malo me tenía que pasar, puesto mi amplia experiencia me certifica como todo un imán para los inconvenientes viajeros. La aerolínea en la que viajaba no era otra que American Airlines, la misma de los ataques, por lo que pensaba que simplemente no tendría más opción que resignarme a relatar algún otro de esos episodios de no creer que sólo me pasan a mí.
Aunque la requisa fue extrema –nueva No. 1 en mi top de requisas extremas- la verdad ni si quiera me percaté. Ni el despojo obligatorio del calzado, ni las tan polémicas máquinas de rayos x de menor intensidad, ni la posterior requisa manual, nada de esto me molestó. Nada me incomodó, porque cada cosa que me hacían no era a mí solamente, ni por mi nacionalidad, ni siquiera por ser extranjero. Mis párpados desaparecieron por completo de sorpresa al ver que la enorme mayoría de los que pasaban por dichos controles eran ellos mismos, norteamericanos de pura cepa nacidos y criados en este país. Gringos de todos los tamaños y colores, de todos los estratos y regiones sometidos a los más estrictos controles de la más avanzada tecnología. Imposible de haber imaginado, los controles en los aeropuertos siguen de la increíble doctrina del “enemigo interno”. Hay mucho que pensar al respecto.
Y bien, antes de continuar con las anécdotas de viaje, me gustaría aportar algunos datos sobre el precio de la vida en Manhattan, puesto que podría ser de utilidad para algunos viajeros, o bien, simplemente satisfacer la curiosidad de enterarse cómo se vive en la llamada “capital del mundo”. Primero, tener un carro es un suicidio. Descontando la gasolina, el parqueo –si se encuentra algún sitio, porque es una misión de dificultad notable- cuesta en promedio 20 dólares la hora –unos 40 mil pesos colombianos- y antes de la recesión llegó a costar 60 dólares la hora –unos 120 mil pesos colombianos-. Tomar un taxi cuesta 3 dólares -6 mil pesos colombianos- tan sólo el “bandezaro” –es decir, el acto de tomarlo como tal- y cobran 40 centavos de dólar -800 pesos colombianos- por minuto o milla recorrida. Esto aumenta a un dólar en festivos y fines de semana. Las atracciones turísticas –como el paseo a la Estatua de la Libertad, la terraza del Rockefeller Center o el Metropolitan Museum of Art- cuestan en promedio 20 dólares por persona–otros 40 mil pesos-, lo cual es quizá más razonable para el beneficio que ofrecen. Un clásico hotdog neoyorquino en un puesto callejero –léase un pan y una salchicha con mostaza y salsa de tomate- cuesta unos 5 dólares -10 mil pesos colombianos- que es lo mismo que cuesta la taza pequeña de café en el popular Starbucks –café colombiano-. Y hablando de productos colombianos, la bolsa estándar de Juan Valdez se consigue por 12 dólares -24 mil pesos colombianos- en “La placita marketplace”, donde también se puede adquirir una pequeña totuma de manjarblanco por 9 dólares -18 mil pesos, aproximadamente-. El arrendamiento es descomunal: Por un apartamento de 3 habitaciones en plena quinta avenida, se puede llegar a pagar entre 12 mil y 20 mil dólares -24 y 40 millones de pesos colombianos al mes-. Estos apartamentos pueden costar varios millones de dólares si se desean adquirir definitivamente, aunque los impuestos mensuales son de varios miles de dólares. Y aún así, los servicios públicos, como el agua, son más baratos que en Bogotá.
Si hay un precio de un artículo en especial que alguien desee saber, con mucho gusto se lo diré. Por lo pronto, es tiempo de un reposo del frio neoyorkino por cortesía de las playas y calles de la soleada Miami.
miércoles, 5 de enero de 2011
Manhattan
Cual molusco titánico que emerge de las profundidades marinas para destrozar -previa batalla épica- las embarcaciones que osan aventurarse en sus dominios, Manhattan despliega unos enormes y laberínticos tentáculos de asfalto, cuyas ventosas son reemplazadas por aleaciones de hierro habitadas por miles y miles de automóviles que cada minuto se internan en la selva de concreto con mayor número de rascacielos del planeta. La entrada a Manhattan se constituye por el entramado de puentes más impresionante que he llegado a ver, con puentes encima de otros puentes y rascacielos encima de los puentes superiores. Sea desde el punto cardinal que sea, la única manera de llegar a Manhattan es mediante puentes, puesto su estatus de isla colindante con el rio Hudson sólo deja como segunda opción la no menos impresionante alternativa de túneles debajo del agua.
El ritmo de la ciudad es tan, pero tan acelerado que es inevitable percibir la sensación ilusoria de una mayor velocidad del transcurrir del tiempo. Llevo apenas 4 días aquí y se me hace que ya he vivido durante años. De hecho, me siento tan viejo, que mi padre, quién al contrario pareciera rejuvenecer, es el que insiste en realizar excursiones aventureras a cualquier hora de la mañana y de la noche, puesto que como el mito reza, aquí la actividad no cesa: Es la ciudad que no duerme.
Los límites de Manhattan con el rio Hudson –y descontando el Central Park y algunas pocas excepciones más- son los únicos reposos de la monolítica textura de rascacielos, que uno tras otro en entramado regular generan una impresión impactante, pero exasperante con el transcurrir de los días. Es por eso que las rentas con vista a cualquier cosa diferente son generosamente recompensadas por los habitantes más prestantes de la ciudad. El magnate Donald Trump, célebre mundialmente por el reality de negocios “El aprendiz”, supo aprovechar este factor al construir el complejo privado más grande que aún se construye en New York, una serie de enormes edificios continuos con inmejorable posición para asegurar una vista impecable al rio Hudson desde cualquiera de sus innumerables balcones. La cuestión es que el “Trump Place” –nombre que lleva cada uno de los edificios en enormes y megalomaníacas letras doradas- se construyó con el conocimiento que sería un obstáculo visual para las nutridas edificaciones que mucho antes disfrutaban del mismo privilegio, desvalorizando terriblemente las propiedades hasta llevar a sus dueños a la desesperación. Alegatos, demandas e injurias, nada pudo con el señor Trump. Estas torres son la señal de bienvenida a la capital del capitalismo, recordando que la primera regla para sobrevivir y progresar en este mundo es pisotear a tus similares con tal de prosperar. “Ser competitivo” enseñan las facultades de ciencias económicas. ¿Acaso existe alguna competencia en que todos ganen?
El frio de -4 grados centígrados (aunque con sensación térmica de -6 por la cercanía a la costa) es impasible y despiadado, y pese a ello no evita que a media noche como a medio día el Time Square se encuentre atestado de taxis y transeúntes característico de la plaza principal del centro de la ciudad. En mi país, las plazas centrales de las poblaciones se caracterizan por rodear a una catedral de la época colonial, símbolo de la semilla que germinó alrededor como una ciudad digna de propiciar un futuro a quienes decidían asentarse en el naciente cúmulo urbano. En un país 98% católico, la catedral en la plaza central es y sigue siendo el corazón de las ciudades, además del habituado movimiento comercial y político –en el caso de Bogotá, por ejemplo-. La analogía no podría ser mejor. En el centro de New York se erige un monumento de proporciones bíblicas de pleitesía al consumo, rodeado por hileras e hileras de deslumbrantes avisos publicitarios de todos los colores, proporciones y cualidades. Pararse en la mitad da aquella misma sensación mística producida por el incienso y el manso reposo de los altares católicos. Pero este es un dios muy distinto a todos los que hemos conocido. Aquí todo es bullicio, todo es novedad, todo es indispensable. El dinero lo domina todo.
Quizá la mejor parada de New York es el Metropolitan Museum of Art –esto parece ya uno de esos folletos turísticos, pero al revés, como una distopía turística-. Es uno –si no el más- de los más importantes del planeta, puesto que recorre la historia de la humanidad mediante su expresión artística con un detalle y exclusividad insólitos en otro lugar del globo. No se le hace justicia en varios años de dedicado estudio a la riqueza que contienen aquellas vitrinas que han detenido el tiempo en inmejorables condiciones de preservación. Y a pesar de lo inquisitivo de los cuidanderos del museo –fieles representantes de la todopoderosa autoridad americana, ahora al servicio de la mantener la libertad y democracia de… las obras de arte- el paseo se disfruta en medidas insondables. Yo no soy mucho de tomarme fotos con edificios, pero sí que posaba con cada Picasso que me encontraba. Finalmente este tipo de cosas son como la montaña rusa para mí.
Y pareciera imposible, pero no he visto, ni siquiera de lejos, la tal Estatua de la Libertad. A lo mejor ya la miraban también con sospecha, puesto que es francesa. Fue construida por el Sr. Gustave Eiffel, el mismo de la famosísima torre en París, en 1886. Ni siquiera el símbolo máximo de los norteamericanos es norteamericano de nacimiento. Si hay algo más fascinante que el MeT, es justo eso: En New York todas las culturas se condensan y conviven entre ellas, como si fuera un pequeño planeta tierra a escala. Y si hay algo aún más sorprendente -aunque no por razones que positivas- es que, al menos culturalmente, para la gran mayoría de estadounidenses el único país que existe en un mapamundi son los Estados Unidos de América.
El ritmo de la ciudad es tan, pero tan acelerado que es inevitable percibir la sensación ilusoria de una mayor velocidad del transcurrir del tiempo. Llevo apenas 4 días aquí y se me hace que ya he vivido durante años. De hecho, me siento tan viejo, que mi padre, quién al contrario pareciera rejuvenecer, es el que insiste en realizar excursiones aventureras a cualquier hora de la mañana y de la noche, puesto que como el mito reza, aquí la actividad no cesa: Es la ciudad que no duerme.
Los límites de Manhattan con el rio Hudson –y descontando el Central Park y algunas pocas excepciones más- son los únicos reposos de la monolítica textura de rascacielos, que uno tras otro en entramado regular generan una impresión impactante, pero exasperante con el transcurrir de los días. Es por eso que las rentas con vista a cualquier cosa diferente son generosamente recompensadas por los habitantes más prestantes de la ciudad. El magnate Donald Trump, célebre mundialmente por el reality de negocios “El aprendiz”, supo aprovechar este factor al construir el complejo privado más grande que aún se construye en New York, una serie de enormes edificios continuos con inmejorable posición para asegurar una vista impecable al rio Hudson desde cualquiera de sus innumerables balcones. La cuestión es que el “Trump Place” –nombre que lleva cada uno de los edificios en enormes y megalomaníacas letras doradas- se construyó con el conocimiento que sería un obstáculo visual para las nutridas edificaciones que mucho antes disfrutaban del mismo privilegio, desvalorizando terriblemente las propiedades hasta llevar a sus dueños a la desesperación. Alegatos, demandas e injurias, nada pudo con el señor Trump. Estas torres son la señal de bienvenida a la capital del capitalismo, recordando que la primera regla para sobrevivir y progresar en este mundo es pisotear a tus similares con tal de prosperar. “Ser competitivo” enseñan las facultades de ciencias económicas. ¿Acaso existe alguna competencia en que todos ganen?
El frio de -4 grados centígrados (aunque con sensación térmica de -6 por la cercanía a la costa) es impasible y despiadado, y pese a ello no evita que a media noche como a medio día el Time Square se encuentre atestado de taxis y transeúntes característico de la plaza principal del centro de la ciudad. En mi país, las plazas centrales de las poblaciones se caracterizan por rodear a una catedral de la época colonial, símbolo de la semilla que germinó alrededor como una ciudad digna de propiciar un futuro a quienes decidían asentarse en el naciente cúmulo urbano. En un país 98% católico, la catedral en la plaza central es y sigue siendo el corazón de las ciudades, además del habituado movimiento comercial y político –en el caso de Bogotá, por ejemplo-. La analogía no podría ser mejor. En el centro de New York se erige un monumento de proporciones bíblicas de pleitesía al consumo, rodeado por hileras e hileras de deslumbrantes avisos publicitarios de todos los colores, proporciones y cualidades. Pararse en la mitad da aquella misma sensación mística producida por el incienso y el manso reposo de los altares católicos. Pero este es un dios muy distinto a todos los que hemos conocido. Aquí todo es bullicio, todo es novedad, todo es indispensable. El dinero lo domina todo.
Quizá la mejor parada de New York es el Metropolitan Museum of Art –esto parece ya uno de esos folletos turísticos, pero al revés, como una distopía turística-. Es uno –si no el más- de los más importantes del planeta, puesto que recorre la historia de la humanidad mediante su expresión artística con un detalle y exclusividad insólitos en otro lugar del globo. No se le hace justicia en varios años de dedicado estudio a la riqueza que contienen aquellas vitrinas que han detenido el tiempo en inmejorables condiciones de preservación. Y a pesar de lo inquisitivo de los cuidanderos del museo –fieles representantes de la todopoderosa autoridad americana, ahora al servicio de la mantener la libertad y democracia de… las obras de arte- el paseo se disfruta en medidas insondables. Yo no soy mucho de tomarme fotos con edificios, pero sí que posaba con cada Picasso que me encontraba. Finalmente este tipo de cosas son como la montaña rusa para mí.
Y pareciera imposible, pero no he visto, ni siquiera de lejos, la tal Estatua de la Libertad. A lo mejor ya la miraban también con sospecha, puesto que es francesa. Fue construida por el Sr. Gustave Eiffel, el mismo de la famosísima torre en París, en 1886. Ni siquiera el símbolo máximo de los norteamericanos es norteamericano de nacimiento. Si hay algo más fascinante que el MeT, es justo eso: En New York todas las culturas se condensan y conviven entre ellas, como si fuera un pequeño planeta tierra a escala. Y si hay algo aún más sorprendente -aunque no por razones que positivas- es que, al menos culturalmente, para la gran mayoría de estadounidenses el único país que existe en un mapamundi son los Estados Unidos de América.
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new york diario juan carlos vasquez
sábado, 1 de enero de 2011
Diarios de New York - Suceso inesperado y algunas observaciones
Los titulares del caos en la Costa Este de los Estados Unidos –especialmente New York- han estado llevando a cabo una disputa informativa en los diarios colombianos frente a la eliminación de Pedro Guerrero Castillo, líder de las Erpac –acrónimo para “Ejército revolucionario popular antisubversivo de Colombia”- y que era conocido con el seudónimo de “Cuchillo”. Justo debajo de las pregonas y vitores oficiales se podían observar viajeros de todo el mundo arribando a New York en esfuerzos monstruosos por transportar sus maletas en la densa nieve, acompañado de testimonios donde comparaban al JFK –uno de los tres aeropuertos de NY- con un campo de refugiados. Desde ese preciso lugar, el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy, comienza el relato aquí narrado.
Si Estados Unidos fuera Bogotá, la nevada registrada a principios de semana –catalogada como la más fuerte en muchas décadas- habría dejado un saldo espantoso de muertos y heridos, caos reinante con osos polares gobernando las calles y pingüinos deslizándose por los túneles congelados. Aquí ya la ciudad funciona en completa normalidad, aunque los cúmulos de nieve se apilan formando grandes columnas continuas alrededor de las principales carreteras. Por cierto, el espectáculo de la nieve es sobrecogedor. Aún no he tenido la oportunidad de verla caer en copos, pero las figuras que dibuja sobre el asfalto, los pórticos, los andenes, las corrientes de río blanco estático impregnando la existencia de cada objeto animado e inanimado que colma cada milímetro de urbe con un atractivo poético.
Mientras el avión buscaba plaza para estacionarse, dejaba entrever por las minúsculas ventanas lo que había sido un campo de batalla contra la blanca naturaleza del invierno. Lamentablemente, el instante de contemplación fue rápidamente reemplazado por el afán de los viajeros, para quienes parecía depender sus vidas dejar la nave tan rápido como era posible y retornar a sus cotidianas rutinas. Ya una vez en el descomunal aeropuerto, la fila para inmigración y el elocuente “We are the face of our nation” que rezaba impasible como lema fervoroso del pie de fuerza de los encargados de inmigración era lo único en que se podía pensar. Tras una entrevista corta, a mi padre le dieron orden de seguir por el equipaje, mientras que a mí –para no perder la costumbre- se me llevó con paso lento y aterrador a una deprimente sala de inspección secundaria de pasaporte.
¿El motivo? Que igual que en aquella visita a la lejana y querida Valparaíso, aparecía registrado un homónimo mío, nombres y apellidos exactos, aunque esta vez con un registro criminal. Ya que se había dado orden presidencial de extremar la seguridad de los aeropuertos de Diciembre, cualquier detalle, por mínimo que pareciera, debería ser reportado e investigado exhaustivamente. Así pues, se me aisló en una sala sin poder avisar a nadie de mi paradero, mientras que me interrogó extensamente sobre mis actividades e intereses, a cargo de un gringo que reunía todas las características que tanto odio de los gringos: Obesidad mórbida, pedantería inspirada en el nacionalismo, y profunda, muy profunda estupidez. Y por si fuera poco, sazonaba su marcadísimo acento de campesino sureño con una boca rellena de pretzels a medio masticar.
Yo me batía cual león frente a cuanta pregunta me lanzara, mientras trataba de lograr que me dieran un espacio para poder avisar en la situación que me encontraba. Mi padre mientras tanto, en una especie de sincronía no acordada, comenzó a mandar a cuanto funcionario del aeropuerto se encontraba a averiguar sobre mi suerte. Al cabo de un tiempo, finalmente el oficial que estaba a cargo se preocupó al ver que una fila de sus compañeros se apilaban a preguntar qué había pasado conmigo, oficiales de Avianca incluídos, y finalmente desistió estampando el sello necesario para la entrada.
Afortunadamente la desafortunada impresión fue borrada por la descomunal metrópolis que se desplegaba ante mis ojos. El detalle, la pulcritud y el civismo es todo lo que se ve, y los pocos malestares de tráfico son ocasionados por accidentes a causa de la bajísima fricción de la nieve ya asentada en el pavimento. Los gringos por esta región del mundo suelen ser amables hasta la ingenuidad, en un destino donde la malicia indígena es un mito de tierras lejanas. Y por supuesto, los “Happy new year!” se escuchaban en todos los rincones. Por cierto, Las 12 de la noche del 31 de Diciembre nos tomaron en el avión de venida, donde nos agasajaron con champaña, cena con buñuelos, natillas y felicidades de las mujeres de avanzada edad que rodeaban mi silla en el avión.
Qué fecha curiosa aquella. El 31 de Diciembre ovacionamos que nuestro planeta ha regresado a unas condiciones más o menos similares en términos de posición al lugar donde se encontraba hace un año, dibujando una órbita elíptica alrededor del sol. Eso no suena tan emocionante a celebrar “una nueva etapa”, o “una nueva época de prosperidad y nuevos propósitos”, pero es lo que es. La cuestión es que un evento cósmico de esas proporciones no tiene mayor injerencia sobre los asuntos cotidianos de los terrícolas, lo cual reduce a mera cortesía la tan amable sentencia de buenos deseos para el próximo año –muy a nuestro pesar-.
Y no sólo el movimiento de traslación no tiene certeza sobre los destinos particulares de los humanos: Ningún otro suceso la tiene. Desde que el principio de incertidumbre derrumbó el determinismo científico –el cual aseguraba que ya que detrás de cada efecto había una causa, era posible predecir con exactitud eventos futuros- nos enteramos que sólo es posible medir probabilidades de diferentes escenarios a partir de unas condiciones iniciales dadas, y en algunos casos con un éxito muy dudoso –como los pronósticos del tiempo-. Es decir, no podemos predecir el futuro. Y gracias a Einstein y su teoría de la relatividad especial, sabemos que debido a que la condición para que un evento B sea consecuencia de uno A, tiene que existir un periodo medible en tiempo, lo cual llega a la inevitable conclusión que aún con los descubrimientos de Emmett Brown en el clásico de ficción “Volver al futuro”, no es posible regresar al pasado, ni influir de manera alguna sobre eventos ya ocurridos.
Sin estar en la capacidad de predecir el futuro ni modificar el pasado, sólo nos queda una posible opción: Carpe Diem, quam mínimum crédula posterum.
Volviendo a New York, lo poco que he podido apreciar hoy aparte de lo meramente estético es que la degeneración que ha desatado la obsesión moderna con la inmediatez en la alimentación ha desencadenado que los supermercados ofrezcan la mitad de sus productos en formato “cena preparada”, congelado y preservado con métodos poco naturales hasta su posterior preparación instantánea en micro-ondas. También que el adoctrinamiento para el acatamiento de la autoridad y confianza en el Estado es tan excesivo que la conducta cívica no ocurre espontáneamente, sino por temor a la represión -que suele ser inmediata e impasible ante cualquier infracción-. Otro dato interesante es que una simple chaqueta puede costar casi 1,500 dólares sólo por ser de cuero, un lujo absoluto por esta parte del planeta.
P.D.
Hoy 1 de Enero ocurre también otro hecho extraordinario: Se cumple legalmente la totalidad del segundo mandato del Presidente más popular en la historia del Brasil; Lula Ignacio da Silva. La historia de este hombre –que automáticamente sería reclamado por los capitalistas como un “self made man”- es cuando menos, alucinante. Su discurso de llegada al poder incluía un emotivo “Y a mi, que tantas veces se me criticó carecer de título universitario, se me otorga ahora mi primer título, el de Presidente de mi país”.
Y es que no sólo nunca pisó una Universidad, este hombre –hoy mito- no llego a culminar siquiera el quinto grado de primaria. Estoy hablando de la misma persona que acaba de ser portada de la revista “Time” bajo el superlativo eslogan de “El líder más influyente del 2010” ¿Puede esto representar de manera contundente que el liderazgo nada tiene que ver con la educación presentada bajo el adjetivo de “formal”? Esa sería una muy oportuna pregunta para quién delega en su protegida el poder, ostentando además un nada despreciable 87% de aprobación popular.
Si Estados Unidos fuera Bogotá, la nevada registrada a principios de semana –catalogada como la más fuerte en muchas décadas- habría dejado un saldo espantoso de muertos y heridos, caos reinante con osos polares gobernando las calles y pingüinos deslizándose por los túneles congelados. Aquí ya la ciudad funciona en completa normalidad, aunque los cúmulos de nieve se apilan formando grandes columnas continuas alrededor de las principales carreteras. Por cierto, el espectáculo de la nieve es sobrecogedor. Aún no he tenido la oportunidad de verla caer en copos, pero las figuras que dibuja sobre el asfalto, los pórticos, los andenes, las corrientes de río blanco estático impregnando la existencia de cada objeto animado e inanimado que colma cada milímetro de urbe con un atractivo poético.
Mientras el avión buscaba plaza para estacionarse, dejaba entrever por las minúsculas ventanas lo que había sido un campo de batalla contra la blanca naturaleza del invierno. Lamentablemente, el instante de contemplación fue rápidamente reemplazado por el afán de los viajeros, para quienes parecía depender sus vidas dejar la nave tan rápido como era posible y retornar a sus cotidianas rutinas. Ya una vez en el descomunal aeropuerto, la fila para inmigración y el elocuente “We are the face of our nation” que rezaba impasible como lema fervoroso del pie de fuerza de los encargados de inmigración era lo único en que se podía pensar. Tras una entrevista corta, a mi padre le dieron orden de seguir por el equipaje, mientras que a mí –para no perder la costumbre- se me llevó con paso lento y aterrador a una deprimente sala de inspección secundaria de pasaporte.
¿El motivo? Que igual que en aquella visita a la lejana y querida Valparaíso, aparecía registrado un homónimo mío, nombres y apellidos exactos, aunque esta vez con un registro criminal. Ya que se había dado orden presidencial de extremar la seguridad de los aeropuertos de Diciembre, cualquier detalle, por mínimo que pareciera, debería ser reportado e investigado exhaustivamente. Así pues, se me aisló en una sala sin poder avisar a nadie de mi paradero, mientras que me interrogó extensamente sobre mis actividades e intereses, a cargo de un gringo que reunía todas las características que tanto odio de los gringos: Obesidad mórbida, pedantería inspirada en el nacionalismo, y profunda, muy profunda estupidez. Y por si fuera poco, sazonaba su marcadísimo acento de campesino sureño con una boca rellena de pretzels a medio masticar.
Yo me batía cual león frente a cuanta pregunta me lanzara, mientras trataba de lograr que me dieran un espacio para poder avisar en la situación que me encontraba. Mi padre mientras tanto, en una especie de sincronía no acordada, comenzó a mandar a cuanto funcionario del aeropuerto se encontraba a averiguar sobre mi suerte. Al cabo de un tiempo, finalmente el oficial que estaba a cargo se preocupó al ver que una fila de sus compañeros se apilaban a preguntar qué había pasado conmigo, oficiales de Avianca incluídos, y finalmente desistió estampando el sello necesario para la entrada.
Afortunadamente la desafortunada impresión fue borrada por la descomunal metrópolis que se desplegaba ante mis ojos. El detalle, la pulcritud y el civismo es todo lo que se ve, y los pocos malestares de tráfico son ocasionados por accidentes a causa de la bajísima fricción de la nieve ya asentada en el pavimento. Los gringos por esta región del mundo suelen ser amables hasta la ingenuidad, en un destino donde la malicia indígena es un mito de tierras lejanas. Y por supuesto, los “Happy new year!” se escuchaban en todos los rincones. Por cierto, Las 12 de la noche del 31 de Diciembre nos tomaron en el avión de venida, donde nos agasajaron con champaña, cena con buñuelos, natillas y felicidades de las mujeres de avanzada edad que rodeaban mi silla en el avión.
Qué fecha curiosa aquella. El 31 de Diciembre ovacionamos que nuestro planeta ha regresado a unas condiciones más o menos similares en términos de posición al lugar donde se encontraba hace un año, dibujando una órbita elíptica alrededor del sol. Eso no suena tan emocionante a celebrar “una nueva etapa”, o “una nueva época de prosperidad y nuevos propósitos”, pero es lo que es. La cuestión es que un evento cósmico de esas proporciones no tiene mayor injerencia sobre los asuntos cotidianos de los terrícolas, lo cual reduce a mera cortesía la tan amable sentencia de buenos deseos para el próximo año –muy a nuestro pesar-.
Y no sólo el movimiento de traslación no tiene certeza sobre los destinos particulares de los humanos: Ningún otro suceso la tiene. Desde que el principio de incertidumbre derrumbó el determinismo científico –el cual aseguraba que ya que detrás de cada efecto había una causa, era posible predecir con exactitud eventos futuros- nos enteramos que sólo es posible medir probabilidades de diferentes escenarios a partir de unas condiciones iniciales dadas, y en algunos casos con un éxito muy dudoso –como los pronósticos del tiempo-. Es decir, no podemos predecir el futuro. Y gracias a Einstein y su teoría de la relatividad especial, sabemos que debido a que la condición para que un evento B sea consecuencia de uno A, tiene que existir un periodo medible en tiempo, lo cual llega a la inevitable conclusión que aún con los descubrimientos de Emmett Brown en el clásico de ficción “Volver al futuro”, no es posible regresar al pasado, ni influir de manera alguna sobre eventos ya ocurridos.
Sin estar en la capacidad de predecir el futuro ni modificar el pasado, sólo nos queda una posible opción: Carpe Diem, quam mínimum crédula posterum.
Volviendo a New York, lo poco que he podido apreciar hoy aparte de lo meramente estético es que la degeneración que ha desatado la obsesión moderna con la inmediatez en la alimentación ha desencadenado que los supermercados ofrezcan la mitad de sus productos en formato “cena preparada”, congelado y preservado con métodos poco naturales hasta su posterior preparación instantánea en micro-ondas. También que el adoctrinamiento para el acatamiento de la autoridad y confianza en el Estado es tan excesivo que la conducta cívica no ocurre espontáneamente, sino por temor a la represión -que suele ser inmediata e impasible ante cualquier infracción-. Otro dato interesante es que una simple chaqueta puede costar casi 1,500 dólares sólo por ser de cuero, un lujo absoluto por esta parte del planeta.
P.D.
Hoy 1 de Enero ocurre también otro hecho extraordinario: Se cumple legalmente la totalidad del segundo mandato del Presidente más popular en la historia del Brasil; Lula Ignacio da Silva. La historia de este hombre –que automáticamente sería reclamado por los capitalistas como un “self made man”- es cuando menos, alucinante. Su discurso de llegada al poder incluía un emotivo “Y a mi, que tantas veces se me criticó carecer de título universitario, se me otorga ahora mi primer título, el de Presidente de mi país”.
Y es que no sólo nunca pisó una Universidad, este hombre –hoy mito- no llego a culminar siquiera el quinto grado de primaria. Estoy hablando de la misma persona que acaba de ser portada de la revista “Time” bajo el superlativo eslogan de “El líder más influyente del 2010” ¿Puede esto representar de manera contundente que el liderazgo nada tiene que ver con la educación presentada bajo el adjetivo de “formal”? Esa sería una muy oportuna pregunta para quién delega en su protegida el poder, ostentando además un nada despreciable 87% de aprobación popular.
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