Qué distintas son Miami y New York. Tan diferentes como el sur y el norte. Tan dispares como las Américas entre sí. Lo inmediato, la cordura, el aliento gris de la urbe magna es un Apolo consumado en batalla con la arena, la locura y el suspiro variopinto del frenético Dioniso. Cuál se muestra mejor no es la cuestión tanto como cuál de aquellos dioses griegos ilumina el destino del viajero inquisitivo. O del nómada indomable.
En Florida, Las playas de South Beach seguramente no serán las más hermosas del planeta, pero suficientemente lejos del bullicio están como para ser posible apreciar de palmo a palmo la cúpula lumínica emanada por la siempre sonriente Miami, y verla desaparecer ante el profundo azul estelar. Es bajo el cobijo de la oscuridad cuando el sosiego retorna hacia la arena, entre el ir y venir de la marea.
En New York y el estado aledaño de Connecticut, las pequeñas poblaciones entre tramo y tramo de la carretera interestatal parecen sacadas de una postal. El frio impasible de -15 grados (el más terrible que he soportado en toda mi vida) y la nieve ubicua tan incómoda para quién la ha transformado en rutina adornan de tal manera los paisajes que hasta la más estrecha calle es una fuente de recursos fotográficos sin par. Y también tiene el Museo Metropolitano, que ya lo mencioné, pero lo vuelvo a mencionar, porque es un resumen de la historia de la humanidad. Así de simple y así de complejo. Viéndolo tan cerca, es evidente que cada humano va escribiendo un destino según su región y su cultura; y son el intercambio de estas últimas quienes otorgan a la raza el don de la diversidad.
Hace mucho he perdido ya la noción del tiempo. Es la gran ventaja de pisar suelos desconocidos, que es uno quién controla el tiempo y no al revés. La sorpresa es un acto habitual, todo se descubre con cada paso nuevo. La rutina es la carencia de rutina.
Viajar debería ser el octavo pecado capital, puesto que es tan placentero como los otros siete.
PD.
Olvidé en la entrada anterior hablar sobre el nivel de ingreso que se obtiene producto del trabajo en Manhattan, dato esencial para realizar un balance final sobre el nivel de vida que se lleva por estos lados.
Vía formspring me hacen caer en cuenta de la omisión y me gustaría realizar un anexo en esta entrada para ocuparme de ese tema: En los Estados Unidos, cada uno de sus estados tiene un salario mínimo diferente, y este no fija una cantidad mensual como en Colombia, sino por cada hora de trabajo. En el estado de New York (Donde se encuentra Manhattan, que es un distrito metropolitano de New York City, algo así como una de las localidades en Bogotá) el salario mínimo por hora es de 7,25 dólares (Unos 14,500 pesos colombianos). Haciendo un cálculo estimado, si una persona trabaja 8 horas diarias, descontando sábados y domingos, ganaría al mes aproximadamente 1160 dólares (unos 2’320,000 pesos colombianos). Bastante más que los 475 dólares aproximadamente que se gana en Argentina (el más alto de América Latina) y astronómicamente superior a los 100 dólares (200,000 pesos colombianos) que se obtiene por el mismo trabajo en Bolivia. Es por eso que para un latinoamericano puede parecer absurdo el nivel de gasto que requiere New York, pero al aumentar exponencialmente el ingreso por las mismas horas de trabajo en teoría se balancea la ecuación. En la práctica esto no es del todo así, y las razones de esta afirmación las dejaré para la entrada final.
Un último dato: El pago mínimo por hora es menor en trabajos del corte de mesero en negocios gastronómicos, puesto que las propinas (que son generosas) estarían destinadas a suplir con el excedente.
¡Me volvió a encantar señorito! jajajajaja :) :)
ResponderEliminar¡Me alegra un montón! :) :) ... La próxima son las conclusiones ya. ¡Un saludo!
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