Cual molusco titánico que emerge de las profundidades marinas para destrozar -previa batalla épica- las embarcaciones que osan aventurarse en sus dominios, Manhattan despliega unos enormes y laberínticos tentáculos de asfalto, cuyas ventosas son reemplazadas por aleaciones de hierro habitadas por miles y miles de automóviles que cada minuto se internan en la selva de concreto con mayor número de rascacielos del planeta. La entrada a Manhattan se constituye por el entramado de puentes más impresionante que he llegado a ver, con puentes encima de otros puentes y rascacielos encima de los puentes superiores. Sea desde el punto cardinal que sea, la única manera de llegar a Manhattan es mediante puentes, puesto su estatus de isla colindante con el rio Hudson sólo deja como segunda opción la no menos impresionante alternativa de túneles debajo del agua.
El ritmo de la ciudad es tan, pero tan acelerado que es inevitable percibir la sensación ilusoria de una mayor velocidad del transcurrir del tiempo. Llevo apenas 4 días aquí y se me hace que ya he vivido durante años. De hecho, me siento tan viejo, que mi padre, quién al contrario pareciera rejuvenecer, es el que insiste en realizar excursiones aventureras a cualquier hora de la mañana y de la noche, puesto que como el mito reza, aquí la actividad no cesa: Es la ciudad que no duerme.
Los límites de Manhattan con el rio Hudson –y descontando el Central Park y algunas pocas excepciones más- son los únicos reposos de la monolítica textura de rascacielos, que uno tras otro en entramado regular generan una impresión impactante, pero exasperante con el transcurrir de los días. Es por eso que las rentas con vista a cualquier cosa diferente son generosamente recompensadas por los habitantes más prestantes de la ciudad. El magnate Donald Trump, célebre mundialmente por el reality de negocios “El aprendiz”, supo aprovechar este factor al construir el complejo privado más grande que aún se construye en New York, una serie de enormes edificios continuos con inmejorable posición para asegurar una vista impecable al rio Hudson desde cualquiera de sus innumerables balcones. La cuestión es que el “Trump Place” –nombre que lleva cada uno de los edificios en enormes y megalomaníacas letras doradas- se construyó con el conocimiento que sería un obstáculo visual para las nutridas edificaciones que mucho antes disfrutaban del mismo privilegio, desvalorizando terriblemente las propiedades hasta llevar a sus dueños a la desesperación. Alegatos, demandas e injurias, nada pudo con el señor Trump. Estas torres son la señal de bienvenida a la capital del capitalismo, recordando que la primera regla para sobrevivir y progresar en este mundo es pisotear a tus similares con tal de prosperar. “Ser competitivo” enseñan las facultades de ciencias económicas. ¿Acaso existe alguna competencia en que todos ganen?
El frio de -4 grados centígrados (aunque con sensación térmica de -6 por la cercanía a la costa) es impasible y despiadado, y pese a ello no evita que a media noche como a medio día el Time Square se encuentre atestado de taxis y transeúntes característico de la plaza principal del centro de la ciudad. En mi país, las plazas centrales de las poblaciones se caracterizan por rodear a una catedral de la época colonial, símbolo de la semilla que germinó alrededor como una ciudad digna de propiciar un futuro a quienes decidían asentarse en el naciente cúmulo urbano. En un país 98% católico, la catedral en la plaza central es y sigue siendo el corazón de las ciudades, además del habituado movimiento comercial y político –en el caso de Bogotá, por ejemplo-. La analogía no podría ser mejor. En el centro de New York se erige un monumento de proporciones bíblicas de pleitesía al consumo, rodeado por hileras e hileras de deslumbrantes avisos publicitarios de todos los colores, proporciones y cualidades. Pararse en la mitad da aquella misma sensación mística producida por el incienso y el manso reposo de los altares católicos. Pero este es un dios muy distinto a todos los que hemos conocido. Aquí todo es bullicio, todo es novedad, todo es indispensable. El dinero lo domina todo.
Quizá la mejor parada de New York es el Metropolitan Museum of Art –esto parece ya uno de esos folletos turísticos, pero al revés, como una distopía turística-. Es uno –si no el más- de los más importantes del planeta, puesto que recorre la historia de la humanidad mediante su expresión artística con un detalle y exclusividad insólitos en otro lugar del globo. No se le hace justicia en varios años de dedicado estudio a la riqueza que contienen aquellas vitrinas que han detenido el tiempo en inmejorables condiciones de preservación. Y a pesar de lo inquisitivo de los cuidanderos del museo –fieles representantes de la todopoderosa autoridad americana, ahora al servicio de la mantener la libertad y democracia de… las obras de arte- el paseo se disfruta en medidas insondables. Yo no soy mucho de tomarme fotos con edificios, pero sí que posaba con cada Picasso que me encontraba. Finalmente este tipo de cosas son como la montaña rusa para mí.
Y pareciera imposible, pero no he visto, ni siquiera de lejos, la tal Estatua de la Libertad. A lo mejor ya la miraban también con sospecha, puesto que es francesa. Fue construida por el Sr. Gustave Eiffel, el mismo de la famosísima torre en París, en 1886. Ni siquiera el símbolo máximo de los norteamericanos es norteamericano de nacimiento. Si hay algo más fascinante que el MeT, es justo eso: En New York todas las culturas se condensan y conviven entre ellas, como si fuera un pequeño planeta tierra a escala. Y si hay algo aún más sorprendente -aunque no por razones que positivas- es que, al menos culturalmente, para la gran mayoría de estadounidenses el único país que existe en un mapamundi son los Estados Unidos de América.
Me encanto esta entrada. Casi puedo imaginarme la bulla,los carros y la contaminación visual en las calles del centro de Manhattan, pareciera un tremendo caos muy bien plasmado por Pollock en su pintura, donde en la naturaleza dominaba el desorden. Uf esa foto que te tomaste en el Met con esa obra... el momento me imagino que fue maravilloso contemplarla, uno se debe sentir insignificante.
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