Hay que cavar profundo para hallar un alma que hable exclusivamente inglés en Miami. Si ya es de por si extraño observar a un gringo del interior en descomunal esfuerzo por entender de qué está hecha una empanada, si que es insólito toparse con un norteamericano garrapeteando el español para recibir algunas monedas de los hispanos en la calle. ¿Acaso es este el mundo al revés?
El espíritu latino ha impregnado la vida a tal nivel que las plazoletas de comidas son unos auténticos santuarios de gastronomía hispanoamericana. El bullicio es descomunal si se compara con los mudos e impávidos pasillos neoyorquinos de alimentación, los acentos de todos los rincones de la América hispana se funden con el estrépito de las ollas y el aceite mientras que las bandas sonoras independientes de cada local amenizan la caminata con una cacofonía muy propia de la mayúscula y extrañada porción de tierra donde nací y crecí. Aquí, los pinos tupidos de nieve son reemplazados por palmeras costeras, y la fiesta desenfrenada tiene lugar en toda su expresión caribeña.
Para ir del estado de New York hasta las playas de Miami hay que recorrer todo el país, en lo que concierne a su longitud de norte a sur. Y para lograrlo sin gastarse 3 o más días de viaje terrestre, hay que enfrentarse de pleno a las medidas de seguridad extremadas tras los ataques al World Trade Center el 11 de Septiembre del 2001.
Como un can tras ser reiteradamente regañado por efectuar una acción en particular, en cuanto vi los controles aeroportuarios supuse que algo malo me tenía que pasar, puesto mi amplia experiencia me certifica como todo un imán para los inconvenientes viajeros. La aerolínea en la que viajaba no era otra que American Airlines, la misma de los ataques, por lo que pensaba que simplemente no tendría más opción que resignarme a relatar algún otro de esos episodios de no creer que sólo me pasan a mí.
Aunque la requisa fue extrema –nueva No. 1 en mi top de requisas extremas- la verdad ni si quiera me percaté. Ni el despojo obligatorio del calzado, ni las tan polémicas máquinas de rayos x de menor intensidad, ni la posterior requisa manual, nada de esto me molestó. Nada me incomodó, porque cada cosa que me hacían no era a mí solamente, ni por mi nacionalidad, ni siquiera por ser extranjero. Mis párpados desaparecieron por completo de sorpresa al ver que la enorme mayoría de los que pasaban por dichos controles eran ellos mismos, norteamericanos de pura cepa nacidos y criados en este país. Gringos de todos los tamaños y colores, de todos los estratos y regiones sometidos a los más estrictos controles de la más avanzada tecnología. Imposible de haber imaginado, los controles en los aeropuertos siguen de la increíble doctrina del “enemigo interno”. Hay mucho que pensar al respecto.
Y bien, antes de continuar con las anécdotas de viaje, me gustaría aportar algunos datos sobre el precio de la vida en Manhattan, puesto que podría ser de utilidad para algunos viajeros, o bien, simplemente satisfacer la curiosidad de enterarse cómo se vive en la llamada “capital del mundo”. Primero, tener un carro es un suicidio. Descontando la gasolina, el parqueo –si se encuentra algún sitio, porque es una misión de dificultad notable- cuesta en promedio 20 dólares la hora –unos 40 mil pesos colombianos- y antes de la recesión llegó a costar 60 dólares la hora –unos 120 mil pesos colombianos-. Tomar un taxi cuesta 3 dólares -6 mil pesos colombianos- tan sólo el “bandezaro” –es decir, el acto de tomarlo como tal- y cobran 40 centavos de dólar -800 pesos colombianos- por minuto o milla recorrida. Esto aumenta a un dólar en festivos y fines de semana. Las atracciones turísticas –como el paseo a la Estatua de la Libertad, la terraza del Rockefeller Center o el Metropolitan Museum of Art- cuestan en promedio 20 dólares por persona–otros 40 mil pesos-, lo cual es quizá más razonable para el beneficio que ofrecen. Un clásico hotdog neoyorquino en un puesto callejero –léase un pan y una salchicha con mostaza y salsa de tomate- cuesta unos 5 dólares -10 mil pesos colombianos- que es lo mismo que cuesta la taza pequeña de café en el popular Starbucks –café colombiano-. Y hablando de productos colombianos, la bolsa estándar de Juan Valdez se consigue por 12 dólares -24 mil pesos colombianos- en “La placita marketplace”, donde también se puede adquirir una pequeña totuma de manjarblanco por 9 dólares -18 mil pesos, aproximadamente-. El arrendamiento es descomunal: Por un apartamento de 3 habitaciones en plena quinta avenida, se puede llegar a pagar entre 12 mil y 20 mil dólares -24 y 40 millones de pesos colombianos al mes-. Estos apartamentos pueden costar varios millones de dólares si se desean adquirir definitivamente, aunque los impuestos mensuales son de varios miles de dólares. Y aún así, los servicios públicos, como el agua, son más baratos que en Bogotá.
Si hay un precio de un artículo en especial que alguien desee saber, con mucho gusto se lo diré. Por lo pronto, es tiempo de un reposo del frio neoyorkino por cortesía de las playas y calles de la soleada Miami.
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