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jueves, 21 de marzo de 2013

Diarios de Londres - Primera entrada

"Why, Sir, you find no man, at all intellectual, who is willing to leave London. No, Sir, when a man is tired of London, he is tired of life; for there is in London all that life can afford."
— Samuel Johnson
“Porque, Señor, no encontrará Ud. Hombre, de alguna manera intelectual, que esté dispuesto a dejar Londres. No, Señor, cuando hombre se ha cansado de Londres, se ha cansado de la vida, puesto en Londres está todo lo que esta puede ofrecer” – Samuel Johnson.
Samuel Johnson, uno de los escritores y críticos más notables del espectro británico, comentó alguna vez lo anterior en una de sus conversaciones con su amigo de antaño, James Boswell, oriundo de escocia y abogado de profesión. Boswell, con poca habilidad para los tribunales, se ganaba la vida viajando por ahí y entrevistando a gente famosa (Como Voltaire, Rousseau o Hume); tomada algunas notas que luego organizaba y publicaba en textos con los que esperaba ganar celebridad. Por ironías de la vida, no fue sino hasta cuando escuchó a Samuel Johnson y se estableció en Londres que se enfrentó, primero a su más grande fracaso como abogado, y segundo a su más grande logro como escritor, al publicar “La vida de Samuel Johnson”. A fin de cuentas, tal pareciera que Londres si tuvo todo lo que la vida le podía ofrecer, desventuras y fortunas por igual.

James Boswell
   

 La frase, no obstante, se refiere a la condensación de “mundo” que hay aquí, lo cual en la práctica habrían varias estadísticas que lo soportarían. Londres es, por ejemplo, la ciudad más grande de Europa, fue el epicentro del Imperio más extenso que la historia ha tenido registro (6 veces más grande que el romano), es considerablemente más antigua que cualquier ciudad norteamericana (fue fundada en el año 43) y también es la más visitada del mundo por turistas. Es por ello que no sorprende, por ejemplo, que en Londres se hablen la ridiculez de 300 idiomas (frente a los cuales palidecen los cerca de 170 de Nueva York), que tenga más datos, obras, registros y objetos del antiguo Egipto que el mismo Egipto, y una arquitectura espléndida no-unificada, un portafolio miniatura de cómo el mundo a avanzado en esa materia a lo largo de su historia, desde la muralla romana que dio inicio a la ciudad, pasando por los vestigios majestuosos de la era imperial y terminando en el edificio más alto de Europa fundado apenas el mes pasado.

¿Y cómo se llega a semejante maravilla?, ese es quizá el más grande inconveniente. Las dificultades que comprenden la nacionalidad de origen –la mía particularmente- son barreras tan infranqueables como las mismas que separan la opulencia de la escasez, la acumulación de la carestía. La burocracia migratoria es tan demencialmente prolongada, ardua y confusa que tan sólo los trámites iniciales presentan un reto que inevitablemente guía hacía la frustración, y lo que es peor aún, la falta de información y tiempo de procesamiento son equiparables a una tortura psicológica que pareciera estar diseñada meticulosamente para minar día a día las aspiraciones de establecimiento en un país extranjero. Es verdaderamente comprensible, a este punto, el por qué la sola idea de iniciar una aventura de esta naturaleza produzca un terror inmediato en el grueso de la población, por que a fin de cuentas, obtener el permiso para salir del país, aún con la dificultad titánica que significa, es tan sólo el prólogo a adentrarse en un mundo inexplorado e incierto, donde las capacidades individuales y adaptativas serán puestas a su mayor prueba. Superado aquello y tras sentirse como haber ganado una medalla de oro en las olimpiadas, apenas comienza la historia.

 La palabra “aventura” casa bien cuando se adquiere un tiquete de una sola vía hacía un país que nunca antes se ha visitado. También encaja cuando se trata de recompensas sólo equiparables a su dificultad: 8,500 km y un océano entero separan a Bogotá de Londres, pero el Támesis tapizado en sus periferias de nieve da la bienvenida ofreciendo un espectáculo superlativo, como nunca antes mis ojos viajeros habían podido apreciar. La rutina del transporte público es frecuentemente embellecida por el contraste dramático de cientos de años de historia dibujados en la arquitectura, que sin embargo, se las arreglan para coexistir en armonía. Lo primero que me preguntaba con frecuencia era si llegaría el momento donde dejaría de maravillarme con lo que veía alrededor. La respuesta fue cortesía de JMW Turner, la mayor gloría artística de esta nación: Nacido y fallecido en Londres, las imágenes de su ciudad fueron tema frecuente de su obra, una y otra vez, mutando a la vez que su estilo viajaba años en el futuro distante de la historia del arte. Nunca dejó de admirar su metrópoli natal.

Vista del Palacio de Westminster desde Trafalgar Square
Históricamente, las autoridades londinenses han hecho un gran esfuerzo por organizar metódicamente al flujo masivo de personas que viven y viajan todos los días por las calles de la capital. El transporte público es ridículamente costoso, pero es sin duda, el más ordenado y eficiente que jamás he visto. Los tradicionales buses rojos –los únicos que hay- no se expandieron horizontalmente, sino incluyeron un segundo piso, ocupando el mismo espacio en la vía pero llevando casi el triple de capacidad. Las vías de tren no son un recuerdo empolvado de un pasado distante en forma de policía acostado, sino fueron renovadas y adaptadas para llevar londinenses por toda la ciudad con tiempos exactos. Y el metro, el preferido por el grueso de la población, fue nombrado como prioridad desde el principio de los tiempos, y así lo ha sido por 150 años que lo hacen el más antiguo del mundo.

 La cuestión de la seguridad también es muy peculiar. Se podría esperar que en la única ciudad de Inglaterra donde los ingleses son una minoría étnica (46% de la población), la explosión demográfica sea de tales proporciones que controlar el crimen sea en extremo complejo. Pero no lo es, de hecho es muy raro ver a un policía patrullando las calles. Y lo que es más raro es ver a un policía armado. Así es, aquí nadie tiene permitido cargar armas de ningún tipo, ni siquiera la mayoría de los agentes de policía. ¿Cómo hacen entonces para no matarse los unos a los otros? Por un lado parecieran haber comprendido que la mejor manera de arreglar una disputa no es la violencia (o no tienen con qué matarse, qué sería más obvio), y por otro, más importante, es que en Londres hay cámaras. Miles. Se calcula que una persona que camina por el centro es filmada 800 veces por día. Y con un tiempo de respuesta de 3 minutos para cualquier rincón de Londres, la policía es el ojo vigilante que nunca duerme.

 ¿Pero hay miedo a las fuerzas de seguridad del estado o a cualquier otra amenaza? En lo absoluto. “Miedo” no es un término que aplique aquí de la manera como lo interpretamos quienes hemos crecido en medio de guerras que deshumanizan a todas las partes del conflicto. Los policías son usados como guías turísticos y el tener cámaras vigilando es algo que se olvida tan fácilmente como el tener cuidado al usar aparatos electrónicos en la vía pública. Los indigentes –si, también hay indigencia, aunque tienen casa y probablemente carro- piden dinero de la manera más respetuosa que el idioma hablado permite. En los trenes, invitan a los pasajeros a no dejar abandonados sus objetos personales, pero no por que se los pueden robar, sino porque se pueden quedar allí plantados hasta el fin de los tiempos, o hasta que alguien los reporte y piensen que es una bomba, lo cual retrasaría el servicio. ¡Y llegar tarde si que es una tragedia en Inglaterra!

El monumental Museo de Historia Natural de Londres
El otro factor que causa una profunda impresión, es, como algún bloggero lo definió alguna vez, la “promiscuidad cultural” que se vive en Londres. No sólo los museos más importantes de Europa y de los más visitados del mundo son gratis, también la educación es de primer nivel y hasta los expatriados hablan generalmente varios idiomas y muestran un nivel de aprecio singular al aprendizaje de nuevos terrenos del conocimiento y culturas extranjeras. El nivel musical y artístico en general es ridículamente alto, tanto así que en cualquier concierto de bar las bandas que se escuchan bien podrían ser los futuros exponentes de su género a nivel mundial, lo cual no es raro teniendo en cuenta que prácticamente el 90% de los grupos relevantes de rock –por dar un ejemplo- en el mundo se han gestado en territorio británico (Led Zepellin, Pink Floyd, Black Sabbath, Iron Maiden, Radiohead, The Beatles, Queen, Oasis, The Rolling Stones, The Who, The Cure, Prodigy, Sex Pistols, Muse, Placebo, King Crimson, Judas Priest, y la lista sigue y sigue hasta los umbrales de la locura). Y en territorio académico, si bien en otros países se organizan eventos especializados en, por ejemplo, Steve Reich o Philip Glass, aquí se puede ver a los compositores en persona, tocando con su ensamble como pasará en Otoño. La explosión de eventos de todo tipo de ensambles y experimentos es desmedida. A pesar de que todos los artistas se miden día a día con los mejores del mundo, aún así, pareciera haber lugar para todos y todo. Pero si he de sacar una conclusión apresurada de lo anterior y del poco tiempo que llevo viviendo aquí, es una sola: Aquí como en ninguna parte pareciera que las características del entorno tienen un impacto directamente proporcional en la calidad artística de los individuos que se desenvuelven en él.